Mi obra para Territorios que sanan muestra la vista aérea de un río seco donde una mujer desnuda descansa, fundiendo su piel con la piel de la tierra.
Las grietas del río se enlazan con las huellas del cuerpo: ambas superficies recuerdan lo que un día fluyó, lo que sigue latiendo bajo lo árido. La desnudez revela vulnerabilidad, pero también fuerza; es el gesto de entregarse al territorio para recordarnos que ni la tierra ni el cuerpo desaparecen, sino que guardan memoria viva en espera de renacer. Allí donde parece no verse la luz, la vida se afianza y el agua regresa.
El agua que falta, la piel que habla
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